

La emoción de un viaje cultural a Egipto
No me hizo falta entrar para sentirlo. Como muchos egipcios y amantes de la cultura faraónica, llevaba años esperando con una mezcla de fascinación e impaciencia la apertura del Grand Egyptian Museum (GEM). Allí lo tenía frente a mí: sublime, etéreo y deslumbrante, casi como un espejismo. Ese edificio trapezoidal, alineado estratégicamente con las pirámides de Keops, Kefrén y Micerinos, brillaba bajo el sol con sus piedras de alabastro traslúcido integrando toda su modernidad en el patrimonio histórico egipcio. Desde fuera, ya intuía que estaba ante la experiencia museística más innovadora de las últimas décadas. Y así fue.
Un día de descubrimientos en El Cairo
Nuestra visita comenzó muy temprano. Amr y yo queríamos explorar los nuevos accesos a las Pirámides de Giza, organizados por el Ministerio de Antigüedades de Egipto. A pesar de los escasos 2 km que separan las pirámides del GEM, la emoción hizo que el trayecto se me hiciera eterno. Y tras el resplandor de bienvenida… la magia.
El Gran Atrio: belleza, frescor y legado
Nada más entrar, el Gran Atrio nos envolvió con su diseño monumental y su frescura natural. Un espacio geométrico de luces y sombras presidido por una colosal estatua de Ramsés II, de más de 3.200 años. Esta obra maestra de piedra caliza se funde con la arquitectura contemporánea diseñada por el estudio Heneghan Peng, bajo la dirección del arquitecto japonés Shao Heng Pen. El resultado: una síntesis perfecta entre pasado y futuro.
Una experiencia museística inmersiva
Frente a mí, la Gran Escalinata Monumental guiaba mis pasos con un relato visual: sesenta piezas que narran la evolución de las divinidades egipcias. Cuatro tramos – Imagen Real, Casas Divinas, Dioses y Reyes, Camino a la Eternidad – que preparan al visitante para adentrarse en las 12 galerías temáticas del GEM. Esta estructura ofrece un recorrido inmersivo desde la prehistoria hasta la época romana, abordando tres grandes ejes: sociedad, poder y espiritualidad.

Un recorrido emocional e íntimo
Decidí que esta primera visita sería individual y emocional. Solo yo y las piezas. Me detuve ante el busto de Akenatón. Su mirada altiva e intensa me recordó por qué siempre me fascinó: un faraón revolucionario, polémico, visionario. Luego, un pequeño halcón dorado con patas de plata y disco solar captó mi atención. ¿Era Horus? ¿Ra? ¿Ambos? Algo en su presencia silenciosa me atrapó.
Escenas de ternura en piedra
Unos pasos más adelante, me conmovió una escultura en piedra caliza: una pareja sentada, discretamente conectada por el brazo de ella. Más allá del simbolismo egiptológico, percibí ternura y serenidad. Poco después, otro relieve de Ramsés II en brazos de una figura femenina me hizo preguntarme: ¿Isis y Nefertari? Me incliné por la segunda. Había algo íntimo, casi susurrante, en esa escena.
Una despedida parcial… y una promesa de regreso
Aunque al final me reuní con Amr y nuestro guía, había una parte del museo que aún no podía explorarse: las galerías de Tutankamón y el Museo de la Barca. Su apertura oficial se espera para este verano, aunque aún no hay fecha confirmada por el gobierno egipcio a través del Ministerio de Turismo y Antigüedades
No me despedí del todo al salir. Porque hay lugares que, más que visitarse, se sienten como un eco de algo profundo que ya estaba dentro de ti. El Grand Egyptian Museum es uno de esos lugares. Y sé que volveré. Para descubrir lo que aún permanece oculto… y para reencontrarme con esa emoción intacta que solo el verdadero arte despierta.
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