

Una travesía íntima al corazón mineral de Arabia
Hay silencios que no inquietan, sino que invitan… Silencios que llaman a nombrar lo innombrable, a conectar con algo más grande que uno mismo, a volver a lo esencial.
Si deseas experimentar esa emoción sin intermediarios, no puedes dejar de visitar The Edge of the World.
Paul Theroux, en su fantástico libro El Tao del viajero, reflexiona sobre cómo, a lo largo de la historia de la humanidad, numerosos pueblos han considerado aspectos de su geografía como “el ombligo del mundo”.
Los sauditas, con una visión quizás más dramática —pero no menos certera—, bautizaron los acantilados situados a las afueras de Riad como: “El abismo del fin del mundo”.
Este finisterre saudita me dejó sin aliento. Tras un recorrido en jeep de unos 90 kilómetros desde Riad, llegamos al acantilado que forma parte del escarpe de Tuwaiq y que es, sin duda, una de las vistas panorámicas más sobrecogedoras de toda Arabia.
Lo que lo convierte en un destino tan especial no es solo su altura —algunos puntos superan los 300 metros—, sino la sensación literal de estar al borde del mundo: desde la cima, se despliega una planicie infinita que parece un océano de piedra detenido en el tiempo.
Quizás lo más auténtico de este lugar sea la ausencia de urbanización y de masificación turística. El sitio conserva una belleza cruda y silenciosa, donde solo el viento y tu sombra te acompañan.
Además de su valor paisajístico, es también un punto de interés geológico y cultural. Se han encontrado fósiles marinos en la zona, testimonio de un pasado remoto cuando estas tierras estaban sumergidas bajo el mar. Para los locales, es un lugar de retiro, contemplación y picnics al atardecer. Para el viajero, representa una conexión poderosa con lo esencial, lo antiguo y lo infinito.
Amr y yo llegamos con nuestro guía Faisal al atardecer, para contemplar la puesta de sol y dejarnos envolver por un cielo teñido de azules, ocres y naranjas. Estábamos casi solos; a lo lejos, un grupo de jóvenes locales charlaban y compartían café.
Faisal nos propuso subir al punto más alto del acantilado. Amr dudó —tiene vértigo, y el lugar no está protegido con vallas—, una muestra más de que el turismo de masas aún no ha llegado a este rincón saudita. Pero las vistas… valieron la pena.

Cómo organizar tu visita a The Edge of the World
Llegar hasta allí forma parte del encanto. Desde Riad, el trayecto dura entre una y dos horas, dependiendo del ritmo y del tipo de vehículo. Nosotros optamos por un 4×4, ya que el último tramo —sin asfaltar, pedregoso y sin señalización— exige más intuición que GPS.
La mejor hora es, sin duda, el atardecer: cuando el sol desciende y tiñe los acantilados de oro, el paisaje se vuelve irreal.
Conviene llevar agua, protección solar y buen calzado, ya que el terreno es áspero y expuesto. Es importante tener en cuenta que no existen vallas, ni instalaciones, ni puestos de vigilancia. Solo tú, el viento y esa sensación de estar en un lugar que aún no ha sido domesticado.
A veces, basta un horizonte sin límites para recordar que el viaje más profundo es siempre hacia dentro. Si algún lugar en Arabia Saudita puede invitarte a ese viaje, es este.
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